Manifesto

Parte 1

Construyendo en la Arena

Nunca me imaginé que construir un edificio fuera algo difícil, hasta el momento que me tocó estar a cargo.

Al principio siempre hay mucha emoción y entusiasmo. La novedad, el poder en tus manos de crear algo único embriaga a todos con fuerza y determinación.

Con el tiempo aprendí que lo más difícil es la parte del medio. Es aquí donde avanzar cuesta 10 veces lo que antes costaba tan poco.

Es aquí donde los verdaderos profesionales de la construcción se distinguen, porque su trabajo sigue cuando el entusiasmo se ha ido y avanzar requiere lo mejor de ellos para llegar a la meta.

Curiosamente, el servicio a Dios se parece mucho a una construcción.

El encuentro con Dios nos marca hasta lo más profundo, y muy en el interior sabes que el llamado para construir el Reino de Dios es algo que no puedes dejar pasar… por nada del mundo.

Es una experiencia transformadora, renovadora y que nos llena de esperanza.

Pero lo difícil está en el medio.

Trabajas y trabajas, pones lo mejor de ti, pero parece que sigues en el mismo sitio.

El cansancio sin recompensa, las críticas infundadas, y lo más difícil… el balance entre el servicio a Dios y tu rol como hijo, madre, empleado, esposa… allí donde la vida duele y el servicio también.

Y una afirmación que se asoma una y otra vez: “Creo que esto no es para mí”.

Pero qué tal si te digo, que no es un problema sino parte de la construcción.

Que es aquí donde realmente te conviertes en el servidor que Dios ha contemplado desde la eternidad.

Si sientes que lo que has hecho por tu ministerio y tu comunidad supone que habrá para ti una alfombra roja, quiero decirte que en el Reino de Dios, las reglas son al revés. Vamos muriendo y resucitando de a poco.

Y eso… no es un obstáculo del camino… eso es el camino.

Ese es el peso de materializar algo digno de admiración.

Sí, es difícil. Pero también es un privilegio extraordinario. Es la puerta al mundo donde Dios trabaja.

Y es que el camino del servicio a Dios es la aventura más fascinante que cualquiera pudiera experimentar.

El servidor es testigo de cosas extraordinarias, y si lo piensas un poco, tiene sentido que sea así, pues el autor es el Creador del Universo. Ese que hace nuevas todas las cosas, es el que llama a nuestra puerta y está al frente guiando en el servicio. ¡Qué privilegio!

Es por esto que quien se abre al llamado del Señor encuentra un tesoro.

Y así servimos… convencidos de que estamos trabajando para algo mucho más grande y valioso que nosotros mismos.

Mira estas frases:

Te haré apóstol de los gentiles

De cierto, de cierto os digo: De aquí en adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre. — Jn 1, 51

Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que naciese te santifiqué, te di por profeta a las naciones. — Jeremías 1:5

Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. — Mt 16, 18

Es un momento de elección.

Al mirarnos y ver lo que somos, nuestra sed, nuestra pequeñez y las miserias que residen en nuestro interior, contemplamos en un segundo la vida de plenitud que andamos buscando.

Decir que “Sí” no sólo es lo más obvio, es realmente un salvavidas para nuestra existencia.

¿Qué te quiero decir con todo esto?

Que cuando el Señor llama, lo hace en el momento en que más lo necesitamos.

Nos quita la ropa de indigentes, nos viste de fiesta y nos invita a su mesa.

Así es el Señor.

Imagina por un momento el mundo laboral.

Es como que si el dueño de la compañía va caminando por la calle, te ve pidiendo limosnas y te dice, ven, que te haré Encargado de Departamento.

El Señor no llama a los capacitados, sino que capacita a los que llama.

¿Cuál es el problema que surge en todo esto?

A pesar de que ese jefe bondadoso y misericordioso, nos nutre, nos indica el camino, y se esmera para enseñarnos, muchos servidores se resisten.

No quiero decir con esto que no debe de haber errores, porque las grandes lecciones vienen por medio de ellos.

Estoy hablando de desviarse del camino.

Ante un llamado, ante un gesto de amor como ese, el ser humano tiene la tendencia a sobrevalorarse.

Casi nunca de inmediato, sino poco a poco.

Y de tanto obviar las lecciones y resistirse a crecer, quedamos con una autoestima por encima de nuestra realidad, lo que nos convierte en orgullosos.

Es el principio del fin.

Y a pesar de haber recibido ese hermoso llamado, y de habernos sentado a la mesa con el Señor, terminamos peor que comenzamos. Toda una tragedia.

Muchos han terminado así.

Te pondré un par de ejemplos.

Primero veamos la historia de Saúl.

Dios lo llama de ser aparejador de burras (sí, de burras) a ser Rey de Israel.

Dime si eso no es un salto grande.

Saúl era de buena apariencia y de algún modo apto para ser líder en tiempos de guerra.

A través del profeta Samuel Dios le llama, y lo instruye para convertirse en un Rey que fuera agradable a los ojos de Dios.

Saúl tuvo éxito en sus primeras empresas bélicas.

No obstante, el Rey Saúl nunca pudo entregarle al Señor su mayor defecto: le importaba más lo que las personas opinaban sobre él, que lo que Dios le pedía hacer.

Y poco a poco, el Señor le retiró su Gracia y su favor. O mejor dicho, se alejó tanto de lo que Dios quería, que perdió la protección del Altísimo, y terminó de la forma más trágica y patética que se pueda imaginar.

Lo triste es que Saúl no comenzó así. Incluso Saúl no se visualizaba siendo Rey. Se sentía tan poco capacitado para el llamado, que le confesó a Samuel que prefería seguir aparejando burras.

Samuel tuvo que emplearse a fondo para convencerlo de aceptar el llamado. Esto nos dice que en Saúl no había una ambición ni era un pretensioso.

Pero Saúl terminó confiando su éxito en cosas sin sustancia… terminó fundando su casa sobre arena.

Quiso ser un rey popular, complacer caprichos y proyectarse como la única razón del éxito y la sobrevivencia del pueblo, cuando en realidad todo bien viene de Dios.

Veamos el caso de Giezi, quien era el discípulo, asistente y “brazo derecho” del profeta Eliseo. Era el hombre de confianza y encargado de los asuntos logísticos del profeta.

Giezi se convierte en servidor cuando Eliseo lo elige por su proximidad al ministerio profético, dándole la oportunidad de vivir en el centro de la manifestación de la Gracia, viendo milagros de primera mano. ¡Qué privilegio!

En esa época, los profetas tenían cercanía con el rey (poder político). Es más, no eran sólo figuras religiosas marginadas, sino verdaderos asesores de Estado, estrategas militares y, en muchos casos, los “hacedores de reyes” que decían el destino político de las naciones.

Significa que tanto el maestro (Eliseo) como el aprendiz (Giezi), continuamente experimentaban el roce con el lujo, la opulencia y el poder político de su época.

La ruina de Giezi vino a raíz de la curación de Naamán.

Luego de ocurrido el milagro, Naamán le ofreció un regalo a Eliseo.

Ya previamente el relato bíblico había aclarado que Naamán se llevó monedas de plata, monedas de oro y 10 mudas de vestidos de lujo. Algunos estudiosos estiman que, a valores actuales, este tesoro podría superar los 3 millones de dólares.

Eliseo, en su gran discernimiento, comprendió que recibir aquel obsequio iba a desvirtuar el acto divino. Al aceptar una “compensación”, el milagro sería visto como una transacción comercial y no como una manifestación de la misericordia del Altísimo.

Guiado por el Espíritu Santo, Eliseo rechaza de tajo cualquier tipo de regalo.

Se trataba, simplemente, de no robarle la gloria a Dios.

Pero luego…

…escondido de su maestro, Giezi corrió tras Naamán mintiendo al decir que Eliseo había cambiado de opinión y recibiría una pequeña suma de plata y unos vestidos, materializando el cobro por un milagro que Dios hizo gratis.

Si lo piensas bien, no había necesidad de recibir nada. Los servidores de Dios vivían del diezmo y de las ofrendas del templo. Dios había previsto la paga del servidor desde un principio, y nunca les faltaba absolutamente nada.

Finalmente, el Señor le reveló a Eliseo todo, y Giezi terminó heredando la lepra de Naamán.

La lepra en su piel, fue el reflejo de la lepra de su corazón: un corazón que nunca fue purificado por el amor puro a Dios. Demostró que su servicio no era una victoria privada sobre su ego, sino una búsqueda de beneficios materiales disfrazada de ministerio.

Siempre será saludable mirarse en el ejemplo de Giezi. No porque estemos enfocados en la búsqueda de riquezas y bienes materiales, sino por dos cosas que quedan expuestas aquí:

1. Que la intención y el objeto del Servicio no sea otro que darle la Gloria a Dios
2. Y que para ello debemos de ser servidores conforme al corazón de Él

Y qué tal si te digo que aquí es donde la historia se vuelve personal para nosotros. Porque, aunque tú y yo no estemos persiguiendo lingotes de plata, todos somos propensos a la misma enfermedad.

San Juan de la Cruz, el doctor de la verdad interior, llamaba a esto la búsqueda de ‘golosinas espirituales’.

El místico nos enseña que si nos aferramos a las golosinas —ya sean aplausos, éxito ministerial o beneficios personales— terminaremos heredando la lepra de la mediocridad espiritual.

Entonces… ¿Cómo se da el desapego a las golosinas si mi instinto es aferrarme a ellas?