Valores

Valores

1 — La Cruz tiene Propósito

Creemos que la Cruz no es un accidente en la vida del servidor, sino su forma de vida.

Por medio de ella Cristo fue glorificado, venciendo a la muerte — no por desgracia, sino por propósito. Al cargar nuestra cruz, y morir en ella, seremos glorificados en Cristo, en esta vida y en la venidera.

El dolor de la transformación y de la santificación no es castigo ni precio: es el paso de la muerte a la vida.

2 — La Misericordia es un Regalo

Somos salvos por misericordia divina, porque así lo ha querido el Señor. Su mano está tendida para aquellos que la buscan, para aquellos que la anhelan. Porque la misericordia no se gana, es don gratuito de Dios, que viene envuelto en su amor.

No se compra ni se merece. Quien intenta cambiar servicio por gracia, o ve en el desvalido una transacción, no ha entendido lo que es misericordia.

Por eso, en Casa Betesda, lo esencial es y siempre será dado gratis, por misericordia, sabiendo que Él ha sido bueno con nosotros, y su bondad es la que nos sostiene.

3 — No hay Victorias Públicas sin Victorias Privadas

Nuestro servicio ante la comunidad (Victorias Públicas) es el fruto de un trabajo interior de transformación, de la relación íntima que desarrollas con Dios (Victorias Privadas). Lo público sin lo privado es la mayor y más peligrosa trampa para el Servidor de Cristo.

¿Te imaginas llegar al final de tu carrera, en el momento que estés cara a cara delante del Señor, y al mostrarle tus incansables jornadas de servicio… oírlo decir: “Te aseguro que no sé quién eres… no te conozco”? Mt 7, 22-23

Servir no es intimidad. Intimidad con Dios no es conocer cosas de Dios, sino conocerlo a Él.

No tienes que oír esas palabras, ni ver caer tu servicio en el vacío. Si comienzas hoy a luchar por tus Victorias Privadas, esas que sólo quedan entre tú y Dios, Él sabrá quién eres… Él te conocerá.

4 — El Camino Largo es el Camino Corto

La vida del servidor es una vida de transformación. Es morir cada día; es metanoia constante.

Nos cuesta, porque es donde Dios nos trabaja como barro en manos del alfarero.

Entonces el tiempo que usamos para resistirnos al cambio es tiempo perdido… recorremos el camino y terminamos en el mismo sitio. No llegamos a ningún lado, pero nos queda el cansancio y la sequedad de un esfuerzo que no deja nada a cambio.

Nos vemos reflejados en el pueblo de Israel en el desierto: cuarenta años, recorriendo el mismo sendero una y otra vez, para entender lo que el Señor quería transformar en ellos, y sólo entonces alcanzar la tierra prometida.

Lo que parece tan difícil y cuesta arriba, es en realidad el camino corto, porque una vez transformado no tienes que recorrerlo de nuevo.

El Camino Largo, el de la transformación, es un camino difícil. Por eso en Casa Betesda, no tienes que caminarlo solo, ¿quién caminará contigo?