Sobre mi

Sobre mí

Sin importar cuán sagrados eran esos momentos, cada vez que en el colegio nos llevaban a la capilla, un hastío aparecía en mí sin siquiera haber puesto un pie allí.

Además, era el sentido colectivo, a nadie le gustaba ir, y claro, a mí tampoco, y de paso eso me hacía miembro de la manada.

Tenía que tener unos 9 años, cuando un día, en una de aquellas visitas me detuve a leer el letrero que había en la pared del fondo, justo detrás del altar:

“Vengan a mí con sus trabajos y cargas que yo os aliviaré”

Era lo único en aquel templo que merecía mi atención. En cada una de aquellas forzosas visitas, lo leía una y otra vez. En los 12 años que estuve en el colegio nunca entendí qué significaba… sólo me quedaba mirándolo preguntándome: ¿qué querrá decir eso?

La curiosidad por esas palabras nunca desapareció.

Claro, un niño tímido nunca diría nada, ni haría obvios sus sentimientos… ni su curiosidad ni nada. De todos modos, ya había comenzado una de las épocas más oscuras de mi vida.

Sí… fue cuando cumplí los 10 años cuando la soledad comenzó a ser mi compañera de siempre.

Mis padres lo daban todo por nosotros. Jornadas de trabajo de 12 horas, y muchas veces hasta por varios días consecutivos.

Es aquí cuando la timidez se convirtió en soledad, la soledad en un vacío de preguntas sin respuestas, y ese vacío en lágrimas.

Te puedo decir que durante muchos años lloraba acostado en mi cama hasta que el sueño me venciera.

No es que algo muy malo me ocurriera, era sólo el peso de la vida.

¿Y qué pasa cuando un niño entra a la adolescencia, habiendo cargado por años el peso de la soledad sobre sus hombros, cansado de llorar sin que nadie nunca supiera nada?

Pues así entré a la adolescencia… con una baja autoestima y con muchas preguntas sin resolver…

¿Quién era yo?

¿Por qué todos mis amigos tienen tanto talento y yo tan poco?

¿Qué hago para alcanzar mis sueños?

¿Por qué me equivoco tanto?

¿Acaso es que no sirvo para nada?

Así entré y así salí de la adolescencia, siempre viendo a los demás como superiores, y casi despreciando todos los talentos que tenía.

Crecí resentido con el mundo y en silencio culpando a todos por ello.

No me destaqué en los deportes que practicaba.

Nunca fui bueno con las chicas.

Y en la música pasaba los cursos con lo justo.

Todo lo que anhelaba ser se sentía inalcanzable. Un imposible.

El mundo que había construido se sentía como un peso enorme y asfixiante a la vez. Me sentía cansado de vivir.

Un día, a pocas semanas de entrar a la universidad, mi hermana mayor cayó enferma y el Padre Salvador fue a visitarla a mi casa. Yo no estaba.

No obstante, esperando en el estudio de casa, vio que había un piano y, conversando con mi hermana, descubrió que yo era el que lo tocaba, logrando identificarme por las fotos de la familia.

Por otro lado, durante esa misma semana, mi padre, que (en ese momento) para nada era hombre de iglesia ni tampoco una persona espiritual, se me acercó una tarde y me dijo: “Hijo, ¿por qué no vas a la iglesia? Creo que te haría bien.”

Sin pensarlo mucho asentí y decidí ir a misa el domingo.

Me senté en el banco en que siempre me sentaba cuando solía ir para la preparación de la primera comunión… el último del lado derecho.

El Padre Salvador tenía una hermosa costumbre de darle el abrazo de la paz a casi toda la Iglesia, durante el canto de la paz.

Pues ese día, comenzado el canto de la paz, bajó del altar y tomó el lado derecho. No lo vi llegar, y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba a pocos bancos de mí.

Cuando por fin llegó donde yo estaba, con un apretón de manos y una sonrisa sin igual, se me acercó al oído y me dijo: “¡Entonces tocas el piano y no le estás sirviendo a Dios!”.

No sé qué pasó en ese momento, pero me quedé como frizado. Sólo pensaba en las palabras que acababa de escuchar.

A partir de ese día me sentía obligado a entrar al coro.

Muchos años después, cuando leía el episodio en que Jesús le dijo a Pedro: “Ven, que yo te haré pescador de hombres”, y sólo con eso Pedro lo dejó todo y lo siguió, me preguntaba con escepticismo cómo era posible que algo así pasara… dejar todo sin preguntar, sin poner excusas ni nada.

De vez en cuando me detenía a meditar este pasaje y siempre ahí estaba, latente, la incredulidad de la respuesta de Pedro.

Hasta que un día, pensando en ello, recordé cómo el Padre Salvador me hizo el mismo llamado y yo tuve la misma reacción.

Después de mucho tiempo entendí qué fue lo que pasó aquel día: Jesús me llamó a través del Padre Salvador.

Comencé a servir a Dios con lo que tenía… mi amor por la música. Eso era todo.

No era un músico experto, no tenía experiencia tocando con otros músicos. Apenas sabía algunas cosas sobre acordes y progresiones de acordes.

Y así comencé a conocer el mundo de Dios, pero sin conocer realmente a Dios.

Al año siguiente, en el invierno de 1993, se organizó un retiro para los servidores del ministerio de música.

En un momento de oración profunda, uno de los servidores me impuso las manos y comenzó a orar para que yo recibiera un toque del Espíritu Santo.

En un momento dijo: “El Señor dice: ‘Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los haré descansar'”.

Entonces recordé que esa cita era la misma cita que estaba en la pared de la capilla.

Primera Comunión de Aldo, pared de la capilla, 1984

Primera Comunión. La pared de la capilla, 1984.

Las palabras no eran exactamente las mismas que las de aquella pared. Y aun así, sin saber casi nada de la Biblia, supe al instante que eran la misma voz. Años después entendí que sólo el Espíritu pudo haber unido, en un abrir y cerrar de ojos, lo que yo nunca habría podido unir.

El servidor continuó diciendo: “Aldo, entrégale todas tus cargas al Señor”. Sin pensarlo dije: “Señor, te entrego TODAS mis cargas”, y así caí al suelo y descansé en el Espíritu.

¿Cómo había sido posible tanta coincidencia? Es que no la había, porque Dios existe fuera del tiempo.

Después de ese momento, se fueron los resentimientos. Todos se habían ido. Literalmente me sentía descansado y aliviado.

Para ver si era verdad, intentaba rumiar mis penas como lo hacen los que están en profunda tristeza, que consuelan el dolor con dolor… pero simplemente no podía porque no había nada.

Eran como recuerdos de un sueño.

Y esa fue una de las primeras cosas que Dios hizo por mí como servidor: sanar TODOS aquellos recuerdos de tristeza y soledad.

Después de eso, decidí entregarle toda mi música al Señor, a pesar de lo malo y poco capacitado que era en ello.

Pero esa entrega tenía un costo…

Primero aceptar que en realidad, a pesar del poco progreso que había logrado, estaba muy lejos de confiar en mi talento musical.

Segundo, tener que escuchar a algunos compañeros burlarse de mi poca capacidad, si se quiere inocentemente.

Te confieso que pasó algo extraño… no le di muchas vueltas y en vez de caer en lo mismo del pasado, simplemente me enfoqué en la música.

Mirando atrás, estoy seguro de que Dios ya estaba trabajando en mi baja autoestima, y que aquel toque no fue sólo para sanar heridas, sino la señal de una nueva criatura en Cristo.

Para ese tiempo, yo no tenía ninguna práctica devocional formal ni ningún estudio bíblico. Pero un sábado en la mañana, movido para entrar en comunión con el Señor, sentí muy dentro una voz que me dijo: “Eres especial tal como eres, solo eres diferente”.

Ese día fue para mí el fin de una vida y el inicio de otra… el día en que mis problemas de baja autoestima desaparecieron por completo.

Poco después, el Señor me llevó a conocer al maestro que transformaría mi música para siempre, pero no solo por los aspectos técnicos, sino por cómo constantemente me animaba a seguir estudiando.

Sin conocerme, decía las palabras que justamente necesitaba escuchar… una y otra vez… espontáneamente, sin conocer nada de mi pasado… Era como escuchar un “Sí, tú puedes” en cada clase.

No tengo palabras suficientes para describirlo, sólo que fue algo providencial.

Y a partir de ahí Jesús me tendió la mano muchas veces, usó todo tipo de personas como instrumento para ello, religiosos, no religiosos, servidores y no servidores.

Todos los aspectos de mi música comenzaron a mejorar poco a poco y fue así como, en un acto de gratitud, asumí el compromiso de servirle a Dios.

Quisiera decirte que los próximos 15 años de servicio a Dios es la historia de la exaltación del servidor, de aquel niño que Jesús rescató de su soledad para hacerlo modelo y ejemplo de servicio… tristemente no fue así.

Con mis logros como músico y servidor comencé a alimentar mi ego. Era mi deseo demostrarles a todos que siempre estuvieron equivocados, y que siempre fui alguien de valor.

Durante años, luego de cada servicio, los halagos se hicieron una costumbre, por lo que me acostumbré a esperarlos… una prueba más para enrostrarles a mis “detractores”, una oportunidad para mostrar mi valor.

Y eso, poco a poco, y tan sutil como parece, creó un vacío enorme en mi servicio.

El engrandecimiento de mi ego, se convirtió entonces en el germen de mi vacío como servidor.

Pero eso no fue todo…

El mayor síntoma de ese vacío era no aceptar las críticas constructivas de los demás.

Siempre tenía algo que decir para defenderme, y justificar aquello que a todas luces necesitaba trabajar o mejorar.

No puedo decirte todo el mal que esto me causó.

Pero el Señor iba a mi lado.

Y cuando al fin tuve la humildad y la apertura para analizar qué estaba haciendo mal, una vez más el Señor me llevó a un retiro para cambiar el rumbo de las cosas.

Y allí, en un fin de semana lleno de emociones y experiencias casi sobrenaturales, el Señor me mostró claramente cuál era la causa de mi problema: Aldo no tenía una vida de oración.

Un servidor que no tenga una relación íntima e interactiva, es como un navegante sin brújula.

Ahí entendí cómo había llegado al sitio opuesto de donde quería estar… mi falta de oración me llevó a llenarme de logros, de pruebas de mi capacidad, y creó un vacío en vez de llenarme de Dios.

Nadie me lo dijo, nadie me preguntó, nadie me advirtió. Y no fue nada a propósito o por maldad.

Cuando lo entendí, supe que no quería que otro servidor caminara quince años preguntándose, como yo, por qué el vacío… por qué nadie me lo dijo.

No fueron 15 años perdidos, pero casi pierdo mi llamado, sin siquiera saber por qué.

Y así, sobre la base de la oración, de una vida devocional activa y de intimidad con Él, el Señor empezó a formarme como servidor conforme a su voluntad.

Casa Betesda nació de la pregunta “¿por qué nadie me lo dijo?”, para que ningún otro servidor tenga que hacérsela solo.

Hoy quiero tender una mano, permíteme acompañarte.